Septiembre tiene sus pequeños rituales: la ropa del curso pasado que ya no sirve, la foto de clase, los primeros días delante del espejo antes de salir hacia el instituto. Y en muchas casas aparece una frase que duele escuchar: «Así no voy», «No me pongo eso», «Es que me veo fatal».
Cuando tu hijo o tu hija adolescente no se gusta, es fácil moverse entre dos extremos: quitarle importancia («pero si estás perfecto») o preocuparse tanto que cada comentario se convierte en una alarma. Ninguno de los dos ayuda demasiado. Lo que sí ayuda es entender qué está pasando y encontrar una manera de acompañar sin invadir.
Por qué la imagen corporal pesa tanto en la adolescencia
En pocos años, el cuerpo cambia más deprisa de lo que da tiempo a asimilar. Crece, se transforma, se vuelve visible para los demás de una forma nueva. El adolescente se mira y, a veces, no termina de reconocerse.
A la vez, la mirada del grupo gana un peso enorme. Sentirse aceptado por los compañeros es una necesidad real en esta etapa, y el aspecto físico se convierte en una de las formas más rápidas de medir si uno encaja o no. Ya hablamos de ello en por qué buscan encajar los adolescentes: cuando la pertenencia depende de parecerse a un modelo, cualquier diferencia se vive como una amenaza.
Desde la terapia Gestalt entendemos el cuerpo como el lugar donde vivimos la experiencia, no solo como algo que se mira desde fuera. En la adolescencia ocurre algo delicado: el cuerpo cambia antes de que dé tiempo a habitarlo con tranquilidad.
Autoestima e imagen corporal: parecidas, pero no iguales
La imagen corporal es la forma en que cada persona percibe, siente y piensa sobre su propio cuerpo. La autoestima es algo más amplio: el valor que se da a sí misma como persona.
El problema aparece cuando las dos se funden. Si un adolescente siente que vale lo que vale su aspecto, un mal día frente al espejo deja de ser solo un mal día y se convierte en un «no valgo». Por eso, trabajar la autoestima en adolescentes no consiste en convencerles de que son guapos, sino en ayudarles a apoyarse en más cosas que su apariencia.
Señales de que no se está gustando
No todos los adolescentes lo dicen con palabras. A veces se nota en lo que hacen o dejan de hacer:
- Evita fotos, la piscina, la clase de Educación Física o cualquier situación en la que se sienta expuesto.
- Usa siempre ropa muy holgada, incluso con calor, para ocultar su cuerpo.
- Habla de sí mismo con desprecio o se compara constantemente con otras personas.
- Pasa mucho tiempo revisando su aspecto o, al contrario, evita mirarse.
- Cambia de forma llamativa su manera de comer o hace ejercicio con una exigencia que no parece disfrutar.
- Renuncia a planes que antes le gustaban con excusas poco claras.
Una señal aislada no significa que haya un problema serio. Lo importante es observar si se repiten, si se mantienen en el tiempo y cuánto espacio ocupan en su día a día.
Lo que decimos en casa también cuenta
Los adolescentes escuchan mucho más de lo que parece. Aprenden a mirar su cuerpo, en parte, a través de cómo los adultos miran el suyo y el de los demás.
Algunos gestos cotidianos pesan más de lo que imaginamos:
- Hablar de dietas o de «compensar» lo que se ha comido.
- Criticar el propio cuerpo delante de ellos: «Qué horror de piernas», «Tengo que quitarme esta tripa».
- Comentar el físico de otras personas, famosos, familiares o compañeros.
- Hacer observaciones sobre su peso, aunque sea con buena intención: «Has cogido algún kilo, ¿no?».
Incluso los elogios centrados solo en el aspecto pueden reforzar la idea de que lo que más importa es cómo se ve. No se trata de vigilar cada palabra, sino de darse cuenta de qué mensaje sobre el cuerpo circula en casa.
Cómo acompañar sin quitarle importancia
No discutas con lo que siente
«Pero si estás estupenda» suele decirse con cariño, pero puede sonar a «lo que sientes no tiene sentido». El adolescente no deja de verse mal porque se lo discutan; lo que suele pasar es que deja de contarlo.
Prueba a reconocer lo que ocurre antes de dar tu opinión: «Parece que hoy te está costando mucho verte así». Sentirse comprendido abre más puertas que sentirse corregido.
Habla del cuerpo por lo que permite hacer
Correr, bailar, abrazar, nadar, tocar un instrumento, descansar. Poner la atención en lo que el cuerpo hace y siente, y no solo en cómo se ve, ayuda a relacionarse con él de una forma menos exigente.
Amplía las fuentes de valor
Reconoce cosas concretas que no tengan que ver con el físico: cómo cuida de sus amigos, su sentido del humor, el esfuerzo que ha puesto en algo difícil, su manera de ver el mundo. Cuanto más concretos sean los reconocimientos, más fácil es que los crea.
Mira con él lo que consume
Filtros, cuerpos retocados y rutinas «perfectas» forman parte de lo que muchos adolescentes ven a diario. Más que prohibir, puede ser útil mirar juntos alguna de esas imágenes y preguntar: «¿Tú crees que esto es real? ¿Cómo te quedas después de verlo?». Profundizamos en este tema en el impacto de las redes sociales en la salud mental de los adolescentes.
Deja la puerta abierta
No hace falta resolverlo en una conversación. Muchas veces basta con que sepa que puede volver a hablarlo contigo sin que le juzgues ni le des un sermón. Si sientes que te cuesta llegar a él, quizá te ayude leer cómo conectar con un adolescente sin que te perciba como enemigo.
Cuándo conviene pedir ayuda profesional
Hay momentos en los que el malestar con el propio cuerpo va más allá de lo que la familia puede sostener sola. Conviene consultar si observas durante varias semanas:
- Restricción de comida, saltarse comidas de forma habitual o miedo intenso a engordar.
- Atracones, vómitos o ejercicio compulsivo.
- Cambios de peso importantes en poco tiempo.
- Aislamiento, tristeza persistente o pérdida de interés por casi todo.
- Autolesiones o comentarios sobre no querer estar aquí.
Si aparecen señales relacionadas con la alimentación, es importante contar también con su pediatra o médico de familia. En señales de alarma en adolescentes repasamos otros aspectos que no conviene pasar por alto.
Pedir ayuda no significa que hayas hecho algo mal. Significa que tu hijo o tu hija merece un espacio donde poder hablar de lo que le pasa.
Qué trabajamos en terapia con adolescentes
En consulta, el primer paso es que el adolescente se sienta a salvo: un lugar donde nadie le va a decir cómo tiene que verse ni qué tiene que sentir.
Desde la Gestalt trabajamos para que pueda darse cuenta de esa voz interna tan crítica: de dónde viene, qué le exige y a quién se parece. Muchas veces descubre que son mandatos que ha ido tragando sin cuestionar: «tienes que ser así para gustar», «si no eres perfecto, no vales».
También trabajamos con el cuerpo como algo que se vive y se siente, no solo como algo que se juzga. Y, cuando es necesario, incluimos a la familia para que el acompañamiento continúe en casa.
Un cuerpo en construcción
La adolescencia es una etapa de cambio, y el cuerpo es uno de sus escenarios principales. Es normal que haya días de inseguridad. Lo que marca la diferencia es que tu hijo no se quede solo con ella y que su valor no dependa únicamente de lo que ve en el espejo.
Si notas que la relación de tu hijo o tu hija con su cuerpo le está quitando tranquilidad, ganas de salir o confianza en sí mismo, podemos trabajar juntos. Acompaño a adolescentes y familias en consulta presencial en Madrid y también online.
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